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Ejercicios simples para Memoria de Largo Plazo. Entrena tu cerebro.

Ejercicios simples para Memoria de Largo Plazo. Entrena tu cerebro.

Ejercicios simples para Memoria de Largo Plazo. Entrena tu cerebro.

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

Hay recuerdos que se quedan ahí sin que uno haga ningún esfuerzo particular: la cara de un profesor de primaria, el olor de la casa de la abuela, la letra completa de una canción que sonaba en todos lados hace quince años. Y hay información que estudiás con esmero la noche anterior a un examen y que, dos semanas después, ya no está. El caso es que ambos fenómenos pertenecen al mismo sistema —la memoria de largo plazo— y la diferencia entre lo que se queda y lo que se va tiene mucho menos que ver con la "fuerza de voluntad" para memorizar y mucho más con cómo se procesó esa información la primera vez.

Qué hace que algo pase a la memoria de largo plazo

A diferencia de la memoria de corto plazo, que sostiene información por segundos mientras la usás, la memoria de largo plazo es el sistema donde queda guardado lo que ya consolidaste: hechos, habilidades, experiencias. Ruiz Sánchez de León, Fernández Guinea y González Marqués (2006) señalan que esta memoria no funciona con compartimentos rígidos y separados, sino más bien como un continuo donde los distintos tipos de recuerdo —lo que sabés hacer, lo que podés contar en palabras, lo que asociás sin darte cuenta— se influyen entre sí. Eso explica, entre otras cosas, por qué es tan difícil aprender algo de memoria pura, sin conexión con nada: cuanto más aislada queda una información, más fácil se pierde.

No está demás señalar que confundir esta memoria con la de corto plazo es un error frecuente, y por eso vale la pena aclararlo: sostener un número en la cabeza mientras lo marcás no es lo mismo que recordarlo dentro de un mes. Si lo que te interesa es justamente esa retención momentánea, en otro artículo de esta serie —"Ejercicios simples para Memoria de Corto Plazo"— hablamos de ese sistema en particular.

Ejercicios que sí funcionan

La buena noticia es que la ciencia sobre esto es bastante consistente, y las técnicas que mejor funcionan no son especialmente complicadas, aunque sí requieren algo de disciplina.

El repaso espaciado es, probablemente, la técnica con más respaldo de todas. En vez de repasar todo de una sola vez y no volver a tocarlo, se trata de repasar la misma información en intervalos que se van espaciando: un día después, luego a los tres días, luego a la semana, luego a las tres semanas. Smith y Scarf (2017) revisaron la evidencia sobre este espaciamiento y encontraron que mejora la retención a largo plazo de forma consistente, y que el mecanismo probable tiene que ver con procesos de consolidación y reconsolidación: cada vez que volvés sobre la información después de haberla empezado a olvidar un poco, el cerebro la reintegra con más fuerza a las estructuras ya existentes.

La recuperación activa va de la mano con lo anterior: en vez de releer un texto una y otra vez —que da la sensación engañosa de que uno "ya se lo sabe"— conviene cerrar el material e intentar recordarlo, aunque sea a medias, y luego revisar qué faltó. Ese esfuerzo de traer la información desde adentro, en vez de solo reconocerla en la página, es lo que realmente la fija.

La elaboración también ayuda muchísimo, y consiste en conectar lo nuevo con algo que ya conocés: si estás aprendiendo un concepto, preguntáte a qué se parece, con qué experiencia propia se relaciona, o cómo se lo explicarías a alguien que nunca escuchó hablar de eso. Ello puede ocurrir por múltiples razones, pero cuanto más ganchos tenga una idea nueva con la red de cosas que ya sabés, más fácil es encontrarla después.

Y está el efecto protégé, quizás el más subestimado de todos: explicarle lo que aprendiste a otra persona —o incluso a una pared, si no hay quién escuche— obliga a organizar la información de una forma que la simple lectura nunca exige, y esa organización adicional deja huella.

Sobre memorizar "de una sentada" y otras ilusiones

Aunque suene extraño decirlo de algo que todos hicimos alguna vez, estudiar todo la noche anterior es, probablemente, la peor estrategia posible para la memoria de largo plazo, aunque funcione razonablemente bien para el examen del día siguiente. Esa información entra, se usa, y se va con la misma rapidez con la que llegó, precisamente porque nunca pasó por los procesos de consolidación que el espaciado sí permite. Si el objetivo es recordar algo dentro de seis meses o de diez años, no hay atajo que reemplace al tiempo distribuido.

Obviamente esto no agota el tema: hay factores que afectan la consolidación de la memoria a largo plazo que no dependen directamente de la técnica de estudio, como dormir lo suficiente la noche después de aprender algo —el sueño tiene un papel activo en fijar los recuerdos, no es solo descanso pasivo— o el estado emocional en el momento del aprendizaje. Pero como punto de partida práctico, espaciar los repasos, autoevaluarse en vez de releer, conectar lo nuevo con lo conocido y explicarle a alguien lo que uno aprendió son cuatro hábitos simples que, sostenidos en el tiempo, hacen una diferencia real en lo que realmente queda.

Si querés conocer más, te recomiendo:

Ruiz Sánchez de León, J. M., Fernández Guinea, S., & González Marqués, J. (2006). Aspectos teóricos actuales de la memoria a largo plazo: De las dicotomías a los continuos. Anales de Psicología, 22(2), 290-297.

Smith, C. D., & Scarf, D. (2017). Spacing repetitions over long timescales: A review and a reconsolidation explanation. Frontiers in Psychology, 8, 962. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2017.00962

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Psicólogo, sexólogo.

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