
Vas por la Circunvalación, a media tarde, y un carro se te mete de golpe sin poner direccional. Frenás, el carro queda a unos centímetros, y no pasa nada… pero el cuerpo no se enteró de que no pasó nada. El corazón te golpea el pecho, tenés las manos frías y un poco temblorosas, la boca seca, y diez minutos después, ya estacionado y con un café en la mano, todavía andás con el susto encima.
Eso es la adrenalina trabajando. Todo mundo la menciona (“qué adrenalina”, “soy adicto a la adrenalina”), pero pocas veces se explica qué hace realmente dentro de uno, y vale la pena, porque se mete en más lugares de los que uno se imagina.
¿Qué es y de dónde sale?
La adrenalina, también llamada epinefrina, se produce sobre todo en la médula de las glándulas suprarrenales, dos pequeñas estructuras que están sobre los riñones. Cuando el cerebro detecta una amenaza, el sistema nervioso simpático le da la orden a esas glándulas, y en cuestión de segundos la adrenalina ya va circulando por la sangre.
No está demás señalar un detalle técnico que va a servir más adelante: la adrenalina funciona sobre todo como hormona, es decir, viaja por la sangre y actúa en órganos lejanos. Su “prima”, la noradrenalina, sí trabaja como neurotransmisor dentro del cerebro. Se parecen mucho y suelen activarse juntas, pero no son lo mismo… y eso va a tener importancia cuando hablemos del cerebro.
Órgano por órgano
Lo que busca la adrenalina es prepararte para actuar ya, sea peleando o huyendo, aunque en la vida de hoy casi nunca tengamos que hacer ninguna de las dos cosas.
El corazón late más rápido y con más fuerza, para mandar más sangre por segundo. Los bronquios se relajan y entra más aire. El hígado recibe la orden de soltar la glucosa que tenía guardada, así los músculos tienen combustible a mano. Y la sangre cambia de ruta: llega más a los músculos grandes y menos a la piel y al sistema digestivo.
Ese cambio de ruta explica buena parte de lo que sentís. Las manos frías y pálidas, la boca seca, el estómago “apretado” o las famosas mariposas tienen mucho que ver con una digestión que se puso en pausa, porque para el cuerpo comer no es prioridad cuando cree que hay un peligro enfrente. El temblor viene de músculos cargados de energía que no tienen en qué gastarla. Y las pupilas se dilatan como parte de esa misma activación.
Todo esto es normal. El problema, si se le puede llamar así, es que el cuerpo reacciona igual ante un león que ante un carro mal manejado o un correo de tu jefatura un viernes a las cinco.
Dato que sorprende: la adrenalina casi no entra en tu cerebro
Aunque suene extraño, la adrenalina que circula en la sangre prácticamente no logra pasar la barrera hematoencefálica, el filtro que protege al cerebro de muchas sustancias del torrente sanguíneo. Entonces, ¿cómo es que te afecta la mente?
La respuesta que propuso el equipo de James McGaugh, a partir de investigación con animales, pasa por el nervio vago. La adrenalina estimula las fibras de ese nervio que suben hacia el tronco cerebral, y de ahí se activa la liberación de noradrenalina en zonas como la amígdala y el hipocampo, que tienen un papel central en la emoción y la memoria. La adrenalina no entra al cerebro, pero le avisa por otra vía.
Ese aviso tiene que ver con la memoria. Los momentos de mucha activación emocional se graban con más fuerza, y por eso uno recuerda con lujo de detalle dónde estaba cuando recibió una noticia muy fuerte, o el susto en carretera de hace cinco años, mientras que lo que almorzó el martes pasado se borró por completo. Obviamente este modelo no agota el tema, y gran parte viene de estudios en ratas, pero ayuda a entender por qué lo que nos sacude se queda guardado.
Corazón acelerado… ¿miedo o atracción?
En 1974, Donald Dutton y Arthur Aron hicieron un experimento que hoy aparece en cualquier libro de psicología social. Una entrevistadora se acercaba a hombres mientras cruzaban un puente colgante alto y tambaleante sobre un cañón en Canadá, o bien un puente bajo y firme. Al final les daba su número de teléfono “por si querían saber más del estudio”. Los del puente que daba miedo la llamaron bastante más.
La interpretación clásica es que esos hombres sintieron el corazón acelerado y, sin darse cuenta, se lo atribuyeron a la mujer y no al puente. Y tiene sentido, porque el pulso rápido del susto se parece mucho al de la atracción.
El caso es que la historia no terminó ahí. Pocos años después, Kenrick y su equipo intentaron replicar el efecto en cuatro estudios y no lo lograron. Más tarde, un metaanálisis de Foster y colegas (1998), que reunió 33 experimentos, dio una explicación más fina: la activación amplifica lo que ya estabas sintiendo. Si la otra persona te parecía atractiva, la activación sube esa atracción; si no te parecía, la puede bajar todavía más.
O sea, si alguien te invita a una montaña rusa en la primera cita, no esperés milagros… a lo sumo, el susto va a subirle el volumen a lo que ya había.
La adrenalina y la vida sexual
La respuesta sexual depende de un equilibrio delicado entre los dos “modos” del sistema nervioso autónomo: el simpático, que es el de la activación, y el parasimpático, que es el de la calma. La adrenalina juega del lado del primero, y eso tiene consecuencias en la cama.
En los hombres, la erección depende en buena parte del modo parasimpático, de la relajación. Cuando hay mucha activación simpática, por ejemplo por nervios o ansiedad de desempeño, el cuerpo tiende a frenar la erección. De ahí sale un círculo que en consulta es muy frecuente: la persona se preocupa por si va a funcionar, la preocupación activa la respuesta de alarma, la alarma dificulta la erección, y eso confirma el miedo para la próxima vez. Por otro lado, la eyaculación sí está más ligada al sistema simpático, lo que ayuda a entender por qué los nervios a veces se asocian con una eyaculación más rápida de lo deseado.
En las mujeres, la investigación de Cindy Meston y Boris Gorzalka dio un resultado curioso. Después de 20 minutos de ejercicio intenso, la respuesta genital de las participantes ante un estímulo erótico fue mayor que sin ejercicio, pero la excitación que ellas reportaban sentir no cambió de forma significativa. El cuerpo reaccionó más, y la experiencia subjetiva no necesariamente lo acompañó.
Ojo, que esto no significa que haya que ir al gimnasio antes de cada encuentro… Lo que muestra es que la activación física y el deseo van por carriles distintos, y que un poco de activación puede facilitar la respuesta, mientras que el exceso, sobre todo si viene con miedo, la entorpece.
El mito de la “adicción a la adrenalina”
Seguramente conocés a alguien que dice ser adicto a la adrenalina: le gustan los deportes extremos, las montañas rusas, manejar rápido o dejar todo para último momento. La frase es simpática, pero no es muy precisa.
La adrenalina, por sí sola, no es lo que hace que esas experiencias se sientan gratificantes. Las ganas de buscarlas una y otra vez tienen más que ver con el sistema de recompensa del cerebro, donde la protagonista es la dopamina, y también con rasgos de personalidad como la búsqueda de sensaciones. La adrenalina pone el cuerpo en marcha; la dopamina es la que te deja con ganas de repetir. De eso vamos a hablar en el próximo artículo de esta serie.
Qué podés hacer cuando la adrenalina se dispara
Quizá lo más útil sea cambiar la lectura de lo que sentís. Un estudio de Jeremy Jamieson, Matthew Nock y Wendy Berry Mendes (2012) les pidió a unas personas que, antes de una situación estresante, interpretaran el corazón acelerado y la respiración rápida como señales de que el cuerpo se estaba preparando para rendir, y no como señales de peligro. Quienes hicieron esa reinterpretación mostraron una respuesta cardiovascular más eficiente y se quedaron menos “pegadas” a los estímulos amenazantes que el grupo que no recibió esa indicación. Tampoco hace falta convencerse de que uno está tranquilo; basta con no agregarle una segunda capa de alarma (“¿y si me está dando algo?”) a una reacción que es normal.
También ayuda darle al cuerpo algo que hacer con esa energía: caminar un rato, sacudir los brazos, subir unas gradas… El temblor y la inquietud vienen de músculos preparados para moverse, y moverse suele bajar la activación más rápido que quedarse quieto peleando con ella.
Con la respiración, el truco está en alargar la exhalación más que la inhalación. Ello puede ayudar por múltiples razones, entre ellas que la exhalación lenta favorece al sistema parasimpático, el “freno” natural de toda esta respuesta. Si te interesa este tipo de herramientas, en el artículo sobre la técnica 5-4-3-2-1 de grounding hablamos de otra forma de bajar la alarma cuando el cuerpo se acelera.
Y hay que darse tiempo. La adrenalina se degrada rápido en la sangre, pero la sensación de estar alterado tarda un rato más en irse, porque para entonces ya se activaron otros sistemas, entre ellos el del cortisol, que también tendrá su propio artículo en esta serie. Que diez minutos después del susto sigás temblando no quiere decir que algo ande mal; el cuerpo todavía se está acomodando.
Si esa sensación de alarma aparece muy seguido, sin una razón clara, o empieza a limitar lo que hacés en tu día a día, vale la pena conversarlo con un profesional de la psicología, que te puede ayudar a entender de dónde viene y qué hacer con ella.
Para terminar
A la adrenalina se le echa la culpa del estrés y se le da el crédito de la aventura, pero lo que hace, en el fondo, es poner a todo el cuerpo de acuerdo en pocos segundos. De paso, le avisa al cerebro qué vale la pena recordar y se mete en asuntos que uno no esperaría, como la atracción o la cama.
La próxima vez que sintás el corazón acelerado, quizá valga la pena preguntarse con calma si es miedo, emoción o simplemente el cuerpo alistándose para algo. No siempre la respuesta es tan obvia como parece…
Si querés conocer más, te recomiendo:
Dutton, D. G., & Aron, A. P. (1974). Some evidence for heightened sexual attraction under conditions of high anxiety. Journal of Personality and Social Psychology, 30(4), 510–517. https://doi.org/10.1037/h0037031
Foster, C. A., Witcher, B. S., Campbell, W. K., & Green, J. D. (1998). Arousal and attraction: Evidence for automatic and controlled processes. Journal of Personality and Social Psychology, 74(1), 86–101. https://doi.org/10.1037/0022-3514.74.1.86
Jamieson, J. P., Nock, M. K., & Mendes, W. B. (2012). Mind over matter: Reappraising arousal improves cardiovascular and cognitive responses to stress. Journal of Experimental Psychology: General, 141(3), 417–422. https://doi.org/10.1037/a0025719
Kenrick, D. T., Cialdini, R. B., & Linder, D. E. (1979). Misattribution under fear-producing circumstances: Four failures to replicate. Personality and Social Psychology Bulletin, 5(3), 329–334. https://doi.org/10.1177/014616727900500312
McGaugh, J. L. (2004). The amygdala modulates the consolidation of memories of emotionally arousing experiences. Annual Review of Neuroscience, 27, 1–28. https://doi.org/10.1146/annurev.neuro.27.070203.144157
Meston, C. M., & Gorzalka, B. B. (1995). The effects of sympathetic activation on physiological and subjective sexual arousal in women. Behaviour Research and Therapy, 33(6), 651–664.
Sapolsky, R. M. (2008). ¿Por qué las cebras no tienen úlcera? La guía del estrés (C. González y M. Á. Coll, Trads.). Alianza Editorial.






