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Hábitos que sí ayudan a cuidar tu serotonina

Hábitos que sí ayudan a cuidar tu serotonina

Hábitos que sí ayudan a cuidar tu serotonina

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

En un artículo anterior repasamos por qué la serotonina no es exactamente "la hormona de la felicidad" y por qué la idea de la depresión como simple "desequilibrio químico" no se sostiene tan bien como pensábamos. El caso es que esa aclaración a veces se malinterpreta como "entonces no hay nada que hacer"... y no es así. Que no exista un botón único para subir la serotonina y arreglar el ánimo no significa que los hábitos diarios no influyan. Influyen, y bastante, solo que de forma más modesta y acumulativa de lo que promete cualquier titular.

Estas son algunas prácticas con respaldo razonable en la investigación, explicadas de forma que realmente puedas ponerlas en práctica esta semana.

Moverte el cuerpo, sobre todo con ejercicio aeróbico

El ejercicio físico es probablemente el hábito con más evidencia detrás. Cuando hacés ejercicio, el cuerpo empieza a usar grasa como combustible, y ese proceso libera ácidos grasos que desplazan al triptófano de la proteína a la que suele estar unido en la sangre. El resultado es que queda más triptófano libre disponible para entrar al cerebro y convertirse en serotonina (Soto-González, 2018).

No hace falta correr una maratón para esto. Una caminata rápida de 30 minutos, bailar, andar en bicicleta o cualquier actividad que te suba el pulso de forma sostenida ya activa este mecanismo. Aunque suene extraño, la constancia importa más que la intensidad: tres caminatas moderadas por semana suelen rendir más, en términos de estado de ánimo, que una sesión extenuante ocasional que termine dejándote adolorido y sin ganas de repetir.

Buscar luz solar, especialmente en la mañana

Ya lo mencionamos antes, pero vale la pena repetirlo porque es de los hábitos más simples y más subestimados: la producción cerebral de serotonina está directamente relacionada con la cantidad de luz solar a la que te exponés, y baja notablemente en los meses con menos horas de luz (Lambert et al., 2002).

No hace falta tomar sol al mediodía ni exponerte de forma prolongada -de hecho, no está demás señalar que eso trae otros riesgos para la piel. Basta con salir diez o quince minutos en la mañana, cerca de una ventana con luz natural o caminando hacia el trabajo, para darle a tu cuerpo una señal clara de que el día empezó. Ello puede ocurrir por múltiples razones relacionadas con el ritmo circadiano, no solo con la serotonina, pero el efecto combinado tiende a notarse en el ánimo y en la calidad del sueño de esa misma noche.

Comer pensando en el triptófano... con cabeza

La alimentación sí importa, aunque de forma más matizada de lo que a veces se promociona. El triptófano está en alimentos como el huevo, el pollo, el pescado, las legumbres, el banano y las semillas, pero comerlos de forma aislada no basta: este aminoácido compite con otros para entrar al cerebro, y esa competencia se reduce cuando hay carbohidratos presentes en la misma comida, porque estos generan una respuesta de insulina que retira a los aminoácidos competidores de la sangre y deja más espacio para el triptófano.

En términos prácticos, esto se traduce en algo bastante cotidiano: un plato que combine una fuente de triptófano con carbohidratos -arroz con pollo, frijoles con arroz, o incluso algo tan simple como un banano con avena- probablemente favorece más este proceso que la misma proteína comida sola. Como vimos antes, buena parte de la serotonina de tu cuerpo se produce en el intestino, así que cuidar la alimentación en general, no solo el triptófano puntual, también sostiene ese sistema.

Dormir con horarios regulares

El sueño y la serotonina están conectados de una forma bastante directa: la serotonina es precursora de la melatonina, la hormona que regula el ciclo de sueño y vigilia. Dormir poco o de forma irregular altera esa cadena, y eso se nota tanto en el descanso como en el ánimo del día siguiente.

No hace falta perseguir las famosas ocho horas exactas -eso varía bastante de persona a persona- sino mantener horarios razonablemente consistentes para acostarte y levantarte, incluso los fines de semana. Reducir pantallas antes de dormir y buscar luz natural apenas te levantás (ver arriba) ayuda a que ese reloj interno funcione con menos fricción.

Cuidar los vínculos sociales

Este último punto es menos conocido, pero interesante. Investigaciones con primates han encontrado que el estatus social y los vínculos de afiliación están relacionados con la actividad serotoninérgica: en monos vervet, por ejemplo, favorecer conductas de acercamiento y cooperación -no solo de dominancia- se asoció con cambios en el sistema serotoninérgico de los individuos (Raleigh et al., 1991).

Hay que tomar esto con cautela, porque son estudios en animales y no se pueden extrapolar de forma directa a las personas. Pero es consistente con algo que en consulta se observa todo el tiempo: el aislamiento social sostenido se asocia con peor regulación emocional, mientras que los vínculos genuinos -no necesariamente muchos, sino de calidad- funcionan como un amortiguador real del malestar. No hace falta una teoría bioquímica para justificar llamar a un amigo o sostener una conversación con calma... pero no está de más saber que probablemente también le hace bien a tu biología.

Ningún hábito hace milagros solo

Si juntás estas prácticas -moverte, buscar luz, comer con cierta consciencia, dormir con regularidad y cuidar tus vínculos- no vas a sentir un cambio dramático de un día para otro, y es importante no esperarlo. La suma de hábitos modestos y sostenidos en el tiempo suele rendir más que cualquier cambio radical de una semana.

Y si en algún momento el malestar se sostiene más allá de lo que estos hábitos logran acompañar, obviamente esto no reemplaza el acompañamiento profesional. Los hábitos ayudan, pero no sustituyen una consulta cuando hace falta. Simplemente son parte de lo que sí está en tus manos mientras tanto.

Si querés conocer más, te recomiendo:

Lambert, G. W., Reid, C. M., Kaye, D. M., Jennings, G. L. R., & Esler, M. D. (2002). Effect of sunlight and season on serotonin turnover in the brain. The Lancet, 360(9348), 1840–1842. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(02)11737-5

Raleigh, M. J., McGuire, M. T., Brammer, G. L., Pollack, D. B., & Yuwiler, A. (1991). Serotonergic mechanisms promote dominance acquisition in adult male vervet monkeys. Brain Research, 559(2), 181–190. https://doi.org/10.1016/0006-8993(91)90001-C

Soto-González, M. (2018). Efecto del ejercicio físico sobre el sistema serotoninérgico y la conducta en roedores. Una revisión sistemática. Ansiedad y Estrés, 24(1), 40–46. https://doi.org/10.1016/j.anyes.2017.11.002

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

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