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Adicciones a la tecnologia: cuando el celular deja de ser una herramienta

Adicciones a la tecnologia: cuando el celular deja de ser una herramienta

Adicciones a la tecnologia: cuando el celular deja de ser una herramienta

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

Pensá en la última vez que dejaste el teléfono en otra habitación y sentiste una incomodidad difícil de explicar. O en esas veces que abrís una red social sin saber muy bien por qué, revisás, cerrás, y a los dos minutos la volvés a abrir. O en que la primera cosa que hacés al despertar, antes incluso de levantarte de la cama, es revisar la pantalla.

Ninguna de estas cosas es necesariamente una adicción. Pero todas apuntan en una dirección que vale la pena mirar con calma.

¿Cuándo un hábito se convierte en adicción?

El caso es que hablar de "adicción a la tecnología" todavía genera debate dentro del campo de la psicología. No todas las clasificaciones diagnósticas la incluyen de manera formal, y hay razones válidas para eso: el uso intensivo de tecnología no es en sí mismo un problema, del mismo modo que tomar café todos los días no convierte a nadie en un adicto.

Lo que sí tenemos claro es que las adicciones conductuales, es decir, las que no involucran una sustancia sino un comportamiento, comparten ciertos elementos con las adicciones tradicionales. El psicólogo Mark Griffiths propuso un modelo que resulta bastante útil para entenderlo: habla de seis componentes que, cuando aparecen juntos, configuran una adicción, independientemente de si la sustancia es química o digital. Estos son la prominencia (la actividad ocupa cada vez más espacio mental), la modificación del estado de ánimo, la tolerancia (necesitás cada vez más para sentir lo mismo), el síndrome de abstinencia cuando no podés acceder, el conflicto con otras áreas de la vida, y la recaída después de intentar controlarlo.

Con esos criterios, hay personas para quienes el uso de tecnología sí califica como una adicción real. No muchas, pero existen.

Cómo funciona el gancho

Para entender por qué la tecnología puede volverse adictiva, ayuda saber un poco de cómo están diseñadas las plataformas que más usamos. Aunque suene extraño, las notificaciones, los "me gusta", los feeds infinitos y las historias que desaparecen no son detalles accidentales. Están construidos para maximizar el tiempo que pasás dentro de la aplicación.

El mecanismo central se llama refuerzo de recompensa variable. Es el mismo principio que hace que las máquinas tragamonedas sean tan difíciles de abandonar: no sabés cuándo va a venir la recompensa, y esa incertidumbre es precisamente lo que mantiene el comportamiento. Cuando abrís una red social, no sabés si vas a encontrar algo emocionante, algo irrelevante o nada. Y esa incertidumbre activa el sistema dopaminérgico de una forma que la recompensa predecible no logra.

Ello puede ocurrir por múltiples razones y con múltiples tecnologías: el celular como dispositivo general, los videojuegos, el streaming, las compras en línea, incluso el trabajo cuando se hace exclusivamente a través de pantallas. No está demás señalar que el contexto pandémico aceleró mucho estos patrones, porque de pronto la tecnología se convirtió en el único canal disponible para casi todo.

Señales que conviene tomar en serio

No se trata de alarmarse por cada hora de pantalla. Pero hay algunas señales que sí merecen atención:

Cuando intentás reducir el uso y no podés sostenlo en el tiempo, a pesar de haberlo intentado sinceramente. Cuando la actividad empieza a interferir con el sueño de manera consistente, no ocasionalmente. Cuando hay conflictos repetidos con personas cercanas por el tiempo o la atención que la tecnología consume. Cuando sentís irritabilidad, ansiedad o vacío en los momentos en que no tenés acceso al dispositivo o la plataforma. Y cuando la tecnología funciona como una forma de evitar emociones o situaciones que te generan malestar, no como un entretenimiento sino como una salida.

Ninguna de estas señales por sí sola define una adicción. Pero si varias están presentes al mismo tiempo y de forma persistente, vale la pena hacer una pausa y evaluar con honestidad.

El papel de la evasión emocional

Hay un elemento que con frecuencia pasa desapercibido en las adicciones tecnológicas, y es la función que cumple el comportamiento. En muchos casos, el uso compulsivo de tecnología no es un fin en sí mismo, sino una forma de no estar con algo que incomoda: el silencio, el aburrimiento, la soledad, una conversación difícil, una decisión postergada.

Cuando la tecnología cumple esa función de evasión de manera habitual, el problema no es solo el tiempo de pantalla. Es que la persona está perdiendo la oportunidad de desarrollar recursos para tolerar el malestar de otra forma. Y cuanto más se evita, más intolerable se vuelve la incomodidad de estar sin el dispositivo.

Esto no es un juicio moral. Es simplemente la mecánica del aprendizaje: lo que se evita de forma sistemática, se vuelve más difícil de enfrentar.

¿Qué se puede hacer?

Obviamente, esto no agota el tema, y cuando el patrón es severo y está causando un impacto real en la vida cotidiana, el trabajo con un profesional en psicología es el camino más efectivo. Pero hay cosas concretas que se pueden explorar de forma independiente.

Una de las más útiles es revisar el para qué. Antes de abrir el teléfono, preguntarse: ¿qué estoy buscando ahora mismo? No siempre hay una respuesta clara, y eso en sí mismo ya es información.

También ayuda crear fricciones deliberadas: poner el teléfono en otra habitación por períodos concretos, desactivar notificaciones no esenciales, establecer momentos del día sin pantalla. No como un castigo, sino como una forma de recuperar la sensación de que el dispositivo obedece y no al revés.

Y algo que parece simple pero no lo es tanto: recuperar actividades que generen satisfacción sin pantalla. No para "desintoxicarse", porque ese término es un poco exagerado para la mayoría de las situaciones. Sino para recordarle al sistema nervioso que hay otras formas de sentirse bien...

Para cerrar

La tecnología no es el enemigo. Eso vale la pena dejarlo claro. El problema no es el instrumento sino la relación que establecemos con él, y esa relación sí puede volverse problemática cuando perdemos el control de ella.

La pregunta útil no es cuántas horas pasás en pantalla. Es si esas horas son una elección o una compulsión. Y si en algún momento ya no estás tan seguro de la respuesta, ahí hay algo que vale la pena explorar.

Si querés conocer más sobre el tema, te recomiendo:

Echeburúa, E., & Corral, P. de. (2010). Adicción a las nuevas tecnologías y a las redes sociales en jóvenes: Un nuevo reto. Adicciones, 22(2), 91–95.

Griffiths, M. D. (2005). A "components" model of addiction within a biopsychosocial framework. Journal of Substance Use, 10(4), 191–197. https://doi.org/10.1080/14659890500114359

Kuss, D. J., & Griffiths, M. D. (2011). Online social networking and addiction: A review of the psychological literature. International Journal of Environmental Research and Public Health, 8(9), 3528–3552. https://doi.org/10.3390/ijerph8093528

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

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