
Hay una sensación que probablemente conozcás bien, aunque nunca le hayás puesto nombre. Es esa voz que aparece justo cuando algo te va bien: cuando te ascienden, cuando alguien te felicita, cuando terminás un proyecto del que estás orgulloso u orgullosa. La voz dice, con bastante claridad: "ya van a darse cuenta de que realmente no soy tan bueno como creen". Y lo peor no es que la escuchás una vez. Es que vuelve.
El caso es que esa sensación le han puesto nombre. Le llaman síndrome del impostor, y es bastante más común de lo que imaginás.
El origen del concepto
Fue en 1978 cuando las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes describieron por primera vez este fenómeno. Lo observaron inicialmente en mujeres de alto rendimiento académico y profesional que, a pesar de tener logros concretos y verificables, seguían atribuyendo su éxito a la suerte, a errores de percepción de los demás, o a una especie de habilidad para "aparentar" que sabían lo que hacían.
Con los años, la investigación fue ampliando el panorama. No son solo mujeres, ni solo personas con títulos universitarios. El síndrome del impostor aparece en personas de todo tipo de trayectoria: el técnico que lleva quince años en su empresa y sigue sintiendo que "cualquier día me van a descubrir", la profesora universitaria que antes de cada clase teme no saber suficiente, el emprendedor que acaba de abrir su negocio y piensa que tarde o temprano todos van a ver que realmente no tiene idea. La sensación no discrimina mucho.
¿Cómo sabés si lo estás viviendo?
No hay una sola forma de manifestarse. Ello puede ocurrir por múltiples razones y en contextos muy distintos, pero hay algunas señales bastante comunes.
La primera es la dificultad para internalizar los logros propios. Cuando te va bien en algo, lo explicás con factores externos: "tuve suerte", "el examen estuvo fácil", "la competencia estaba floja". Cuando te va mal, en cambio, la explicación es completamente interna: "porque soy un fracaso", "porque no tengo lo que hace falta". Es una asimetría que, con el tiempo, hace bastante daño.
Otra señal es el miedo irracional a ser "descubierto". No como una preocupación puntual antes de una presentación importante, sino como una ansiedad de fondo constante. Sentís que las personas que te valoran están, de algún modo, equivocadas, y que eventualmente van a caer en cuenta.
Y también está la comparación permanente. Mirás a tus colegas, a tus compañeros, a las personas de tu mismo nivel, y sentís que ellos sí saben, que ellos sí tienen la confianza que vos apenas estás fingiendo. Lo que no ves, claro, es que varios de ellos están pensando exactamente lo mismo sobre vos.
El autosabotaje: cuando el impostor actúa
Aquí es donde se pone interesante, y también más complicado. El síndrome del impostor no es solo un estado de ánimo incómodo; tiene consecuencias conductuales concretas. En psicología a esto le llamamos autosabotaje, que es cuando nuestra propia mente comienza a trabajar en contra de lo que queremos lograr.
Ello puede ocurrir de formas muy distintas. Algunas personas procrastinan: el miedo a no hacerlo bien se transforma en no hacerlo del todo, o en dejar todo para último momento. Y curiosamente, cuando el resultado es bueno de todas formas, lo atribuyen a la presión del tiempo y no a su propia capacidad. El círculo se cierra solo y la trampa no se ve.
Otras personas, al contrario, caen en el exceso de trabajo: preparan cinco veces lo que necesitan, revisan hasta el agotamiento, nunca sienten que el trabajo está listo. No necesariamente porque sean perfeccionistas por carácter, sino porque el miedo a ser descubiertos los obliga a construir un muro de esfuerzo para compensar lo que creen que les falta. El resultado es que llegan a sus metas, pero extenuados, y sin sentirse más seguros de lo que estaban al inicio.
Y luego está el autosabotaje más silencioso: no postularse al ascenso que ya merecían, no levantar la mano en la reunión aunque tengan algo que aportar, no cobrar lo que realmente vale el trabajo. No está demás señalar que muchas veces estas personas esperan que alguien externo "las descubra" y las impulse, en lugar de moverse solas, porque hacerlo solas las haría sentir aún más impostoras. Es una lógica circular que se alimenta a sí misma.
¿Qué se puede hacer?
Obviamente, esto no agota el tema, y el trabajo con un profesional en psicología puede ser de mucha ayuda cuando el síndrome está teniendo un impacto real en la calidad de vida o en las decisiones importantes. Pero hay cosas concretas que se pueden empezar a hacer sin esperar a que la situación sea una crisis.
La primera es cuestionar la narrativa interna. La próxima vez que te vaya bien en algo, hacete la pregunta deliberadamente: ¿qué parte de este resultado depende de algo que yo hice, aprendí o trabajé? No se trata de ignorar el azar ni el apoyo de otros, sino de empezar a darse el lugar que uno realmente ocupa en sus propios logros.
También ayuda documentar. Literalmente, llevar un registro de lo que vas logrando: una libreta, un archivo, lo que sea. Puede sonar muy mecánico, pero cuando la mente distorsiona de forma tan sistemática, a veces hace falta una evidencia concreta para contrarrestar lo que la voz del impostor dice.
Y aunque suene extraño, hablarlo con alguien de confianza ayuda mucho. El síndrome del impostor vive muy bien en el secreto. Cuando la persona se anima a contarle a alguien lo que siente, casi siempre descubre que no es la única. Eso no lo cura, claro, pero lo hace considerablemente más manejable.
Para cerrar
El síndrome del impostor no dice nada verdadero sobre tus capacidades reales. Lo que sí dice, y aquí está lo interesante, es algo sobre cómo procesás el éxito, la valoración externa y el lugar que sentís que merecés. Y eso sí tiene posibilidades de cambio.
No se trata de convencerse de que uno es extraordinario. Se trata de ir construyendo, poco a poco, una relación más honesta con los propios logros: sin inflarlos ni descartarlos. Con apenas eso, ya hay una diferencia...
Si querés conocer más sobre el tema, te recomiendo:
Branden, N. (1995). Los seis pilares de la autoestima (M. Hellmuth, Trad.). Paidós.
Clance, P. R., & Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241–247. https://doi.org/10.1037/h0086006
Young, V. (2011). The secret thoughts of successful women: Why capable people suffer from the impostor syndrome and how to thrive in spite of it. Crown Business.







