
Hace algún tiempo escuché la historia de una persona que estaba atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida. Se sentía emocionalmente sobrepasada, dormía mal, tenía pensamientos intrusivos y una sensación constante de angustia.
Buscando ayuda, recibió una recomendación que probablemente muchos hemos escuchado alguna vez: “Probá hacer mindfulness.”
La sugerencia parecía razonable. Después de todo, el mindfulness suele asociarse con bienestar, calma y regulación emocional. Y no es una asociación completamente infundada: existe abundante evidencia de que, para muchas personas, puede favorecer la regulación emocional, disminuir el estrés y mejorar el bienestar psicológico.
Sin embargo, la experiencia de esta persona fue muy diferente a la esperada. Al intentar permanecer en silencio y dirigir toda su atención hacia lo que estaba sintiendo, no encontró tranquilidad. Encontró más angustia, más recuerdos dolorosos y una sensación de desbordamiento emocional aún mayor.
¿Significa esto que el mindfulness es dañino?; pues no.
Pero sí nos recuerda algo importante: una herramienta útil no necesariamente es útil para todas las personas, en todos los momentos y de la misma manera.
También nos recuerda otro malentendido muy frecuente: el mindfulness no es una técnica diseñada para hacer que el dolor desaparezca, eliminar las emociones difíciles o mantenernos permanentemente en calma. Tampoco busca que dejemos de experimentar malestar. Desde sus fundamentos, el mindfulness propone algo distinto: aprender a relacionarnos de una manera diferente con nuestra experiencia interna, incluso cuando esa experiencia es incómoda, dolorosa o desagradable.
Entonces... ¿qué es realmente el mindfulness?
En términos sencillos, el mindfulness suele definirse como la capacidad de prestar atención al momento presente con apertura, curiosidad y sin juzgar la experiencia.
Durante las últimas décadas se ha convertido en una de las prácticas psicológicas más estudiadas y utilizadas en el mundo. Se ha incorporado a intervenciones para la ansiedad, la depresión, el estrés crónico, el dolor persistente y diversos problemas de salud física y mental. Incluso existen programas específicamente desarrollados en torno a esta práctica, como el Mindfulness-Based Stress Reduction (MBSR), orientado al manejo del estrés, y el Mindfulness-Based Cognitive Therapy (MBCT), diseñado originalmente para reducir el riesgo de recaídas en personas con depresión. Asimismo, modelos terapéuticos como la Terapia Dialéctica Conductual (DBT) y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) incorporan el mindfulness como uno de sus componentes fundamentales.
Y esto tiene una razón: existe una amplia evidencia científica que respalda muchos de sus beneficios.
Precisamente por eso vale la pena hablar también de sus límites. Reconocer que una intervención tiene indicaciones, contraindicaciones y condiciones de aplicación no la debilita; por el contrario, es una forma de utilizarla con mayor responsabilidad. La psicología basada en evidencia no consiste únicamente en identificar qué funciona, sino también en comprender para quién, en qué circunstancias y bajo qué condiciones una intervención puede resultar beneficiosa.
También existe otro malentendido frecuente. El mindfulness no es una técnica diseñada para hacer que el dolor desaparezca, eliminar las emociones difíciles o mantenernos permanentemente en calma. Tampoco busca que dejemos de experimentar malestar. De hecho, uno de sus principios fundamentales consiste en aprender a relacionarnos de una manera diferente con nuestra experiencia interna, incluso cuando esa experiencia es incómoda, dolorosa o desagradable.
Sin embargo, la enorme popularidad que ha alcanzado el mindfulness también ha generado un problema inesperado. Poco a poco comenzamos a verlo como una solución universal, una recomendación casi automática frente a cualquier forma de sufrimiento.
Paradójicamente, una de las razones por las que el mindfulness puede resultar tan útil es la misma por la que, en determinadas circunstancias, puede resultar difícil.
La práctica nos invita a dirigir la atención hacia aquello de lo que muchas veces llevamos años intentando alejarnos: nuestras sensaciones corporales, nuestras emociones, nuestros pensamientos y, en ocasiones, recuerdos profundamente dolorosos.
Para muchas personas, ese acercamiento puede convertirse en una oportunidad para desarrollar una relación más consciente, flexible y compasiva con su experiencia interna.
Pero no todas las personas llegan a esa experiencia desde el mismo lugar.
Por ejemplo, quien ha vivido un trauma, experimenta una intensa desregulación emocional o atraviesa un momento de gran vulnerabilidad puede encontrarse, de forma repentina, frente a recuerdos, sensaciones corporales o emociones para las que aún no cuenta con suficientes recursos de regulación.
En esos casos, el problema no es que el mindfulness “no funcione”. El problema es asumir que una práctica que invita a mirar hacia el mundo interno puede aplicarse de la misma manera, con la misma intensidad y en el mismo momento para cualquier persona.
Y es precisamente aquí donde comienza el verdadero tema de este artículo.
El mindfulness de maquila
Llamo mindfulness de maquila a la tendencia de recomendar mindfulness de forma automática, casi como si fuera una respuesta estándar ante cualquier forma de sufrimiento.
¿Ansiedad?: Mindfulness. ¿Estrés laboral?: Mindfulness. ¿Problemas de pareja?: Mindfulness. ¿Trauma?: Mindfulness. ¿Duelo?: Mindfulness. ¿Insomnio?: Mindfulness.
La intención suele ser buena. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos quién es la persona que tenemos delante, qué está viviendo, cuáles son sus recursos actuales y si esa intervención es adecuada para ese momento específico.
La psicología rara vez funciona bien cuando se aplican recetas idénticas para todas las personas. Las personas no son productos fabricados en serie. Tampoco lo son sus historias de vida, sus recursos emocionales ni sus necesidades terapéuticas.
Una conversación que pocas veces tenemos
Cuando se habla de mindfulness casi siempre se discuten sus beneficios. Mucho menos frecuente es escuchar conversaciones sobre sus posibles limitaciones o efectos adversos. Sin embargo, la investigación reciente ha comenzado a prestar más atención a este tema.
Britton y colaboradores (2021) señalan la necesidad de evaluar y monitorear sistemáticamente los efectos adversos relacionados con la meditación. Los autores argumentan que las prácticas meditativas pueden asociarse a experiencias difíciles o angustiantes, de forma similar a lo que ocurre con otras intervenciones psicológicas.
Por su parte, Binda y colaboradores (2022) revisaron la literatura científica sobre eventos adversos asociados a la meditación y encontraron reportes de aumento de ansiedad, intensificación del malestar emocional, reexperimentación traumática, alteraciones perceptivas y otras experiencias difíciles en algunas personas.
Es importante aclarar algo: hablar de posibles efectos adversos no significa afirmar que el mindfulness sea perjudicial. Significa reconocer que ninguna intervención psicológica es universalmente beneficiosa para todas las personas y en todas las circunstancias.
La psicología basada en evidencia no consiste únicamente en hablar de beneficios. También implica comprender las limitaciones, los riesgos y las condiciones bajo las cuales una intervención resulta más o menos adecuada.
Cuando el trauma entra en la conversación
Quizá uno de los hallazgos más interesantes de los últimos años proviene de un estudio publicado por Canby y colaboradores en 2025. Los investigadores encontraron que los antecedentes de trauma infantil y los síntomas subclínicos de estrés postraumático se asociaban con peores resultados y una mayor probabilidad de efectos adversos en programas basados en mindfulness dirigidos a personas con depresión. Los autores concluyen que estos hallazgos respaldan la necesidad de adaptaciones sensibles al trauma, monitoreo de seguridad y una evaluación cuidadosa de las necesidades de cada participante.
Cuando pensamos en algunas prácticas de mindfulness, estos resultados tienen sentido. Muchas de ellas implican:
Cerrar los ojos.
Permanecer en silencio.
Reducir estímulos externos.
Dirigir la atención hacia el cuerpo.
Observar pensamientos y emociones difíciles.
Mantenerse presente ante experiencias internas desagradables.
Para algunas personas esto puede resultar profundamente calmante. Para otras, especialmente cuando existen experiencias traumáticas significativas, puede significar entrar en contacto directo con recuerdos, emociones o sensaciones corporales que todavía generan una intensa activación emocional.
No todas las personas llegan al mindfulness desde el mismo lugar. Y precisamente por eso no todas las personas necesitan el mismo tipo de práctica.
¿Por qué las recomendaciones genéricas pueden ser un problema?
Vivimos en una época en la que nunca ha sido tan fácil acceder a información sobre salud mental. En cuestión de segundos podemos encontrar videos, aplicaciones, podcasts, meditaciones guiadas y cientos de personas explicando cómo reducir la ansiedad, regular emociones o mejorar nuestro bienestar. Esto tiene ventajas evidentes.
Sin embargo, también puede transmitir una idea equivocada: que una herramienta útil para muchas personas será necesariamente útil para cualquiera. La realidad es bastante más compleja:
Una meditación guiada encontrada en internet no conoce nuestra historia de vida.
No sabe si estamos atravesando un duelo.
No sabe si tenemos antecedentes traumáticos.
No sabe si experimentamos ataques de pánico.
No sabe si estamos atravesando una crisis emocional.
No sabe si convivimos con síntomas disociativos o recuerdos traumáticos que todavía generan una intensa activación.
Por esa razón, una práctica que para una persona resulta calmante puede resultar abrumadora para otra. Las intervenciones psicológicas no ocurren en el vacío. Ocurren dentro de una historia personal única. Y cuanto mayor es el sufrimiento emocional de una persona, más importante se vuelve la necesidad de adaptar las herramientas a sus características y necesidades específicas.
La importancia de un mindfulness informado por trauma
Durante muchos años se asumió que las prácticas de mindfulness eran, por definición, seguras y beneficiosas. La investigación reciente nos invita a adoptar una visión más matizada. Cada vez más especialistas hablan de mindfulness informado por trauma o mindfulness sensible al trauma.
Estos enfoques reconocen que algunas personas pueden necesitar adaptaciones específicas para beneficiarse de la práctica de forma segura.
Por ejemplo:
Mantener los ojos abiertos.
Utilizar anclajes externos en lugar de centrarse exclusivamente en el cuerpo.
Reducir la duración de las prácticas.
Incorporar movimiento consciente.
Tener la posibilidad de detener la práctica en cualquier momento.
Elegir activamente qué aspectos de la experiencia observar y cuáles no.
Estas modificaciones pueden parecer pequeñas, pero para algunas personas representan la diferencia entre una experiencia reguladora y una experiencia desorganizadora. Tan importante como la técnica es la preparación de quien la guía.
Existe una diferencia significativa entre conocer algunas prácticas de mindfulness y comprender cómo responder cuando una persona comienza a experimentar una activación traumática intensa, disociación, pánico o recuerdos intrusivos durante el ejercicio.
Por eso, cuando existen antecedentes de trauma, resulta especialmente importante buscar acompañamiento de profesionales que no solo tengan formación en mindfulness, sino también conocimientos sólidos sobre trauma, regulación emocional y seguridad clínica.
Una técnica puede aprenderse. El acompañamiento requiere mucho más.
Existe una diferencia importante entre enseñar una técnica y acompañar a una persona. Una técnica puede aprenderse en un video de diez minutos.
El acompañamiento clínico requiere comprender la historia de vida de quien consulta, identificar fortalezas y vulnerabilidades, evaluar riesgos, monitorear respuestas emocionales y adaptar las intervenciones a las necesidades particulares de cada individuo.
No todas las personas que recomiendan mindfulness tienen la formación necesaria para reconocer cuándo una práctica está ayudando y cuándo podría estar contribuyendo al malestar. Y no todas las personas que necesitan apoyo emocional se encuentran en condiciones de identificar esa diferencia por sí mismas.
Por eso, cuando una persona presenta antecedentes traumáticos, síntomas importantes de ansiedad, depresión, estrés postraumático o disociación, resulta especialmente recomendable buscar apoyo profesional cualificado. No porque el mindfulness sea peligroso, sino porque las personas merecen algo más que soluciones genéricas para problemas complejos.
Una reflexión final
La historia con la que comenzó este artículo probablemente no sea excepcional. De hecho, es posible que muchas personas se hayan encontrado alguna vez en una situación parecida. No porque el mindfulness sea una mala herramienta, sino porque una buena herramienta aplicada sin considerar a quién tenemos delante puede dejar de ser una buena intervención.
Tal vez el problema no sea el mindfulness. Tal vez el problema sea nuestra tendencia a convertir herramientas complejas en respuestas automáticas.
Vivimos en una época en la que abundan los consejos rápidos: meditá, hacé ejercicio, escribí un diario, practicá gratitud, pensá positivo. Muchas de estas recomendaciones cuentan con respaldo científico y pueden ser extraordinariamente útiles. Sin embargo, ninguna de ellas debería convertirse en una receta universal.
La buena práctica psicológica no consiste en acumular técnicas. Consiste en comprender a la persona que las va a recibir, porque las técnicas no existen en el vacío. Llegan a personas con historias distintas, recursos distintos, vulnerabilidades distintas y necesidades distintas. Una misma intervención puede resultar profundamente transformadora para alguien y completamente insuficiente —o incluso desorganizadora— para otra persona.
Quizá la pregunta más importante no sea si el mindfulness funciona o no funciona. Quizá las preguntas que realmente importan sean otras:
¿Para quién?
¿En qué momento de su vida?
¿Con qué objetivos?
¿Con qué acompañamiento?, Y, sobre todo,
¿Qué necesita realmente esa persona en este momento?
Responder esas preguntas exige algo más difícil que aprender una técnica. Exige detenernos a comprender a quien tenemos delante. Porque la psicología basada en evidencia no consiste únicamente en saber qué intervenciones funcionan. También consiste en saber cuándo utilizarlas, cuándo adaptarlas y cuándo reconocer que otra estrategia puede ser más apropiada.
En última instancia, esa es la diferencia entre aplicar técnicas y ejercer la psicología. Las personas merecen algo más que soluciones genéricas para problemas complejos.
Referencias
Binda, D., Greco, A., Gabrielli, S., et al. (2022). What are adverse events in mindfulness meditation? A review of the literature. Frontiers in Psychology.
Britton, W. B., Lindahl, J. R., Cooper, D. J., Canby, N. K., & Palitsky, R. (2021). Defining and measuring meditation-related adverse effects in mindfulness-based programs. Clinical Psychological Science.
Canby, N. K., Cosby, E. A., Palitsky, R., Kaplan, D. M., Lee, J., Mahdavi, G., et al. (2025). Childhood trauma and subclinical PTSD symptoms predict adverse effects and worse outcomes across two mindfulness-based programs for active depression. PLOS ONE.






