
Entrás a la cocina a buscar algo y, a mitad de camino, se te olvida qué era. Alguien te da un número de teléfono y para cuando llegás al celular ya se te fueron dos dígitos. Estás en una reunión y perdés el hilo de lo que ibas a responder porque, mientras esperabas tu turno, tu cabeza soltó la idea que tenía agarrada. No está demás señalar que nada de eso es un fallo raro ni una señal de alarma: es, casi siempre, la memoria de corto plazo funcionando con la capacidad limitada que le corresponde. La buena noticia es que, como cualquier función cognitiva, se puede entrenar con ejercicios concretos, sin necesidad de aplicaciones caras ni rutinas complicadas.
Qué es exactamente la memoria de corto plazo
La memoria de corto plazo —muy relacionada con lo que en psicología se llama memoria de trabajo— es la que sostiene la información unos segundos mientras la usás: el número que marcás, la instrucción que seguís, la idea que armás antes de decirla en voz alta. González Nieves, Fernández Morales y Duarte (2016) la describen como el conjunto de procesos que se encargan de almacenar y manipular información de manera temporal, y señalan que es clave no solo para tareas puntuales sino para el aprendizaje en general, sobre todo en matemática y lenguaje. Ello puede ocurrir por múltiples razones, pero el caso es que esta memoria tiene un cupo bastante reducido: la mayoría de las personas sostienen entre cuatro y siete elementos a la vez, y ese cupo se satura rápido si hay distracciones, estrés o cansancio de por medio.
Aquí conviene anticipar una confusión frecuente: la memoria de corto plazo no es lo mismo que la memoria de largo plazo, esa que guarda el nombre de tu primera mascota o la letra de una canción que no escuchás hace veinte años. Son sistemas distintos, con mecanismos distintos, y por eso los ejercicios que ayudan a una no necesariamente ayudan a la otra. Si te interesa específicamente esa segunda, en otro artículo de esta serie —"Ejercicios simples para Memoria de Largo Plazo"— hablamos de cómo se entrena la retención duradera.
Ejercicios que sí funcionan
Lo que mejor entrena la memoria de corto plazo son tareas que la obligan a sostener y manipular información activamente, no solo a recibirla pasivamente. Algunos ejemplos que podés incorporar sin mayor esfuerzo en el día:
El span hacia atrás es de los más efectivos: pedile a alguien que te diga una secuencia corta de números (cuatro o cinco) y repetíla en orden inverso. Empezá con secuencias cortas y aumentá de a poco. Es exactamente el tipo de tarea que se usa en evaluaciones neuropsicológicas, así que no es un truco casero sin fundamento.
El fragmentado o chunking también ayuda bastante, y probablemente ya lo hacés sin darte cuenta con los números de teléfono: en vez de memorizar ocho dígitos sueltos, agrupalos en bloques de dos o tres. Podés aplicar lo mismo a listas de compras, a una serie de pendientes del día, o a cualquier información que tengas que sostener un rato en la cabeza sin anotarla.
El cálculo mental encadenado —sumar o restar una serie de números sin usar calculadora ni papel, mientras caminás o hacés fila— exige mantener un resultado parcial en mente mientras seguís operando sobre él, que es exactamente el tipo de manipulación activa que fortalece este sistema.
Y está el juego de la lista creciente, ese que quizás jugaste de niño sin saber que era un ejercicio cognitivo: "voy al mercado y compro manzanas", la siguiente persona repite y agrega un ítem, y así sucesivamente hasta que alguien pierde el hilo. Funciona igual de bien en adultos, y de paso es una forma entretenida de pasar el rato en familia.
Lo que conviene saber antes de ilusionarse de más
Aunque suene extraño viniendo de alguien que acaba de recomendar ejercicios, vale la pena bajarle un poco las expectativas al asunto. Melby-Lervåg y Hulme (2013), en una revisión meta-analítica bastante citada, encontraron que el entrenamiento de memoria de trabajo sí produce mejoras claras en las tareas específicas que se practican, pero esas mejoras no siempre se transfieren a otras áreas de la vida —como el rendimiento académico general o la inteligencia— con la magnitud que suelen prometer las aplicaciones de "entrenamiento cerebral". Eso no invalida la práctica; simplemente significa que hay que tener expectativas realistas: vas a mejorar en repetir números hacia atrás practicando repetir números hacia atrás, y es razonable esperar que parte de esa ganancia se traduzca a tareas parecidas de la vida diaria, pero no esperés que resuelva de un plumazo la dispersión o el olvido generalizado.
Obviamente esto no agota el tema —el sueño, el estrés crónico y la atención dividida (revisar el celular cada dos minutos, por ejemplo) afectan la memoria de corto plazo tanto o más que cualquier ejercicio la mejora, así que la base sigue siendo dormir bien y prestar atención a una cosa a la vez. Pero como complemento, practicar estos ejercicios unos minutos al día, de forma constante, sí ayuda a sostener mejor la información que necesitás en el momento en que la necesitás. No hace falta convertirlo en una obligación más de la lista: basta con integrarlo a cosas que ya hacés, como memorizar la lista antes de ir al súper en vez de escribirla, o hacer las cuentas del vuelto mentalmente antes de que la caja lo calcule por vos.
Si querés conocer más, te recomiendo:
González Nieves, S., Fernández Morales, F. H., & Duarte, J. E. (2016). Memoria de trabajo y aprendizaje: implicaciones para la educación. Saber, Ciencia y Libertad, 11(2), 161-176.
Melby-Lervåg, M., & Hulme, C. (2013). Is working memory training effective? A meta-analytic review. Developmental Psychology, 49(2), 270-291. https://doi.org/10.1037/a0028228







