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El deseo sexual: un motor que no siempre arranca igual

El deseo sexual: un motor que no siempre arranca igual

El deseo sexual: un motor que no siempre arranca igual

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

Hay pocas experiencias tan universales como el deseo sexual, y al mismo tiempo tan profundamente personales. Casi todo el mundo lo ha sentido. Sin embargo, muy pocas personas podrían explicar con claridad qué es exactamente, de dónde viene, o por qué a veces aparece cuando uno menos lo espera y otras veces desaparece sin dar mayores explicaciones.

El caso es que hablar de deseo sexual sigue generando cierta incomodidad, incluso entre personas adultas. Se da por sentado que todos sabemos de qué se trata, y por eso mismo rara vez se explica de verdad. Este artículo pretende hacer exactamente eso: explicarlo, desmitificarlo un poco, y dejar algunas ideas para poder revisar la propia experiencia con más claridad y menos juicio.

¿Qué entendemos por deseo sexual?

El deseo sexual puede definirse como una motivación interna que orienta al individuo hacia la búsqueda de experiencias de placer erótico, ya sea con otra persona o en solitario. Es, en términos simples, ese impulso que nos inclina hacia lo sexual.

Ahora bien, el deseo no es lo mismo que la excitación, aunque a veces van de la mano. La excitación es una respuesta fisiológica: el cuerpo reacciona ante un estímulo. El deseo, en cambio, tiene más que ver con la motivación, con querer. Puede haber excitación sin deseo —como cuando el cuerpo responde ante una situación que uno no eligió ni quiso—, y puede haber deseo sin una respuesta genital inmediata. Entender esta diferencia es importante, sobre todo cuando las personas sienten que "algo no funciona bien" en ellas.

No está demás señalar que el deseo tiene múltiples dimensiones: biológica, psicológica, relacional y cultural. Ello puede ocurrir por múltiples razones, pero la más relevante es que somos seres integrales; separar el cuerpo de la mente al hablar de sexualidad es una simplificación que nos hace más mal que bien.

Los modelos del deseo: no todos funcionamos igual

Durante muchos años, el modelo dominante fue el que plantearon Masters y Johnson en la década de los sesenta: el deseo simplemente aparece primero, luego viene la excitación, y después el orgasmo. Un proceso lineal, ordenado, casi mecánico.

El problema es que ese modelo fue construido principalmente a partir de observaciones de hombres jóvenes y heterosexuales. Y aunque suene extraño, durante décadas se usó para medir la "normalidad" del deseo de todas las personas, incluidas las mujeres, las personas mayores y quienes tienen orientaciones diversas.

Rosemary Basson, médica e investigadora canadiense, propuso a inicios de los 2000 un modelo más circular y menos rígido. Según Basson, muchas personas —especialmente las mujeres— no experimentan el deseo como algo que surge espontáneamente antes de cualquier contacto, sino que su deseo emerge en respuesta a estímulos, contextos o cercanía afectiva. Es decir, primero puede venir la disposición, luego el estímulo, y el deseo aparece en el proceso.

Esto tiene implicaciones clínicas muy concretas. Una persona que espera sentir deseo espontáneo —como en las películas— puede llegar a creer que tiene un problema cuando en realidad su forma de desear es perfectamente válida y funcional. El caso es que no hay una sola forma correcta de desear.

¿Qué puede afectar el deseo?

Esta es quizás la pregunta que más personas se hacen en silencio. El deseo puede aumentar, disminuir, cambiar de forma o desaparecer por periodos, y eso puede vivirse con mucha angustia si uno no entiende por qué ocurre.

Algunos factores que influyen con frecuencia son los siguientes, aunque obviamente esto no agota el tema:

  • El estrés y el agotamiento. El sistema nervioso tiene una lógica propia: cuando está en modo de alerta o de sobrevivencia, el deseo sexual tiende a bajar. No es un capricho del cuerpo, es una prioridad biológica. Una persona que trabaja doce horas diarias y duerme mal tiene muchas probabilidades de notar una baja en su deseo.

  • La salud hormonal. Cambios en los niveles de testosterona, estrógeno o progesterona —por ciclos menstruales, menopausia, andropausia, embarazo o medicamentos— pueden modificar el deseo de manera significativa.

  • La salud mental. La depresión y la ansiedad tienen un impacto directo sobre el deseo. No está demás señalar que muchos de los medicamentos usados para tratar estas condiciones también pueden influir, razón por la cual siempre es importante hablar con el médico tratante si se notan cambios.

  • El vínculo afectivo. En relaciones de pareja, la calidad del vínculo emocional incide directamente en el deseo de muchas personas. La distancia afectiva, los conflictos no resueltos o la rutina pueden funcionar como frenos importantes.

  • La imagen corporal y la autoestima. Cómo nos sentimos con nuestro propio cuerpo tiene una influencia notable. Las personas con una relación muy crítica hacia su cuerpo suelen reportar mayor dificultad para conectar con su deseo.

Ello puede ocurrir por múltiples razones, y lo importante es entender que una baja en el deseo no es necesariamente una señal de que algo está “roto”. A veces es el cuerpo avisando que necesita atención en otro lugar.

Deseo discrepante en pareja: cuando los ritmos no coinciden

Una de las consultas más frecuentes en sexología clínica tiene que ver con la diferencia de deseo dentro de una pareja. Uno quiere más, el otro menos. Y eso, con el tiempo, puede convertirse en fuente de conflicto, culpa y malentendidos.

Lo primero que conviene decir es que la discrepancia de deseo es absolutamente normal. No hay dos personas que tengan exactamente el mismo nivel de deseo en todo momento, y pretenderlo es una expectativa poco realista. El asunto es cuánto peso se le asigna a esa diferencia y cómo se gestiona en la relación.

Cuando la diferencia es muy marcada y sostenida en el tiempo, puede ser señal de que hay algo que revisar —ya sea individual o en pareja—, pero no necesariamente de que la relación esté condenada. La comunicación honesta y sin dramatismo suele ser el primer paso más efectivo. Y si esa conversación no fluye fácilmente, contar con el acompañamiento de un profesional en sexología o psicología puede hacer una diferencia real.

Algunas ideas prácticas para cuidar el deseo

Sin pretender ofrecer recetas mágicas —porque no las hay—, hay algunas orientaciones que la evidencia y la práctica clínica sugieren con frecuencia:

• Revisá el contexto, no solo el cuerpo. Si el deseo ha bajado, antes de buscar una causa exclusivamente física, vale la pena preguntarse qué está pasando en la vida en general: nivel de estrés, calidad del sueño, situación laboral, clima emocional en casa.

• No presiones el deseo. Forzarse a sentir deseo cuando no hay es contraproducente. A veces lo que más ayuda es quitar la presión, reducir las expectativas y darle espacio al cuerpo para que encuentre su ritmo.

• Explorá qué te activa. El deseo no funciona igual para todas las personas. Conocer qué contextos, estímulos o condiciones favorecen tu deseo personal es información valiosa que muchas personas nunca se permiten explorar.

• Hablá. En pareja, poder hablar del deseo sin que se convierta en una discusión es una habilidad que se puede desarrollar. La honestidad afectuosa es mucho más útil que el silencio.

• Consultá si algo te preocupa. Si los cambios son bruscos, persistentes o van acompañados de malestar, una consulta con un profesional en salud sexual nunca está de más.

Para cerrar…

El deseo sexual es mucho más complejo, variable y personal de lo que solemos reconocer. No es un termómetro de salud que deba marcar siempre la misma temperatura, ni un indicador del valor de una relación o de una persona.

Lo que sí es cierto es que entenderlo mejor —en lugar de juzgarlo— suele abrir más puertas que cerrarlo con vergüenza o con alarma. Cada persona tiene su propio mapa del deseo, y conocerlo lleva tiempo, honestidad y algo de curiosidad...

Obviamente esto no agota el tema. Hay muchos otros aspectos del deseo sexual —como su relación con la identidad, la orientación sexual y las parafilias— que exploraremos en otras entradas de este blog.


Referencias

Álvarez-Gayou Jurgenson, J. L. (2011). Sexoterapia integral. El Manual Moderno.

Basson, R. (2001). Using a different model for female sexual response to address women’s problematic low sexual desire. Journal of Sex & Marital Therapy, 27(5), 395–403. https://doi.org/10.1080/713846827

Carrobles, J. A., & Sanz, A. (2019). Terapia sexual (3.ª ed.). Pirámide.

Crooks, R., & Baur, K. (2010). Nuestra sexualidad (10.ª ed.). Cengage Learning.

Mas, M. (2007). Fisiología de la respuesta sexual femenina: actualización. Revista Internacional de Andrología, 5(1), 11–21. https://doi.org/10.1016/S1698-031X(07)74039-2

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