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La serotonina en tu cuerpo: mucho más que la "hormona de la felicidad"

La serotonina en tu cuerpo: mucho más que la "hormona de la felicidad"

La serotonina en tu cuerpo: mucho más que la "hormona de la felicidad"

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

Si alguna vez escuchaste que la serotonina es "la hormona de la felicidad" y que basta con subirle los niveles para sentirte mejor, no estás solo... es probablemente una de las frases más repetidas de la divulgación en bienestar, y también una de las más simplificadas. El caso es que la serotonina sí tiene un papel real en el estado de ánimo, pero su historia es bastante más interesante -y menos ordenada- que la versión de "químico de la felicidad" que circula en redes.

Vale la pena entender qué es realmente esta molécula, dónde vive en tu cuerpo y qué tanto control tenés sobre ella, porque hay bastante mito instalado que conviene desarmar con calma.

¿Qué es la serotonina, exactamente?

La serotonina (o 5-HT, por su nombre químico 5-hidroxitriptamina) es un neurotransmisor: una molécula que las neuronas usan para comunicarse entre sí. Se fabrica a partir del triptófano, un aminoácido que el cuerpo no produce por sí solo y que tiene que obtener de la alimentación -está en alimentos como el huevo, el pollo, el pescado, las legumbres y las semillas, entre otros.

Una vez que el triptófano llega al cuerpo, pasa por una serie de conversiones hasta convertirse en serotonina, que después participa en procesos tan distintos entre sí como la regulación del estado de ánimo, el sueño, el apetito, la temperatura corporal, la coagulación de la sangre y hasta el movimiento intestinal. Ello puede ocurrir por múltiples razones -la serotonina no tiene "un" trabajo, tiene varios, y eso mismo hace que reducirla a "la hormona de la felicidad" sea, cuando menos, incompleto.

Casi toda tu serotonina vive en el intestino... no en el cerebro

Aunque suene extraño, entre el 90 y el 95% de la serotonina de tu cuerpo no se produce en el cerebro, sino en el intestino, en unas células especializadas llamadas enterocromafines (Sebastián Domingo & Sebastián Sánchez, 2018). Ahí cumple funciones bastante concretas: regula la motilidad intestinal, es decir, el movimiento que hace avanzar la comida por el tubo digestivo, y participa en la comunicación entre el intestino y el sistema nervioso central a través de lo que se conoce como el eje intestino-cerebro.

Esa serotonina intestinal, sin embargo, no cruza la barrera hematoencefálica -la especie de filtro que protege al cerebro- así que no es exactamente la misma que regula tu estado de ánimo de forma directa. Son sistemas relacionados, que se comunican entre sí, pero no son intercambiables. No está demás señalar esto, porque es la base del mito de "cuidá tu intestino y vas a estar de mejor humor", que tiene algo de verdad -el eje intestino-cerebro sí importa para el bienestar general- pero que suele explicarse de forma más simple de lo que la evidencia sostiene.

¿Entonces la depresión es "falta de serotonina"?

Esta es probablemente la pregunta que más me hacen en consulta, y la respuesta honesta es: no exactamente, y la evidencia reciente lo complica bastante más de lo que solíamos pensar.

Durante décadas circuló la idea de que la depresión era producto de un "desequilibrio químico", específicamente de niveles bajos de serotonina, y que los antidepresivos (los ISRS, o inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) corregían ese déficit. Es una explicación simple, fácil de comunicar y, hay que decirlo, bastante tranquilizadora para quien está sufriendo. El problema es que una revisión sistemática de gran escala publicada en 2022 en Molecular Psychiatry, que analizó décadas de investigación en el tema, no encontró evidencia consistente de que la depresión esté asociada a niveles más bajos de serotonina o a una menor actividad de esta (Moncrieff et al., 2022).

Esto no significa que los antidepresivos no funcionen -para muchas personas sí lo hacen, y de forma importante- ni que la serotonina no tenga nada que ver con el estado de ánimo. Significa que el mecanismo real es mucho más complejo que "poca serotonina, mucha tristeza", y que probablemente involucra la interacción entre varios sistemas de neurotransmisores, la genética, el estrés crónico, la inflamación y factores psicosociales, entre otros. Obviamente esto no agota el tema -de hecho es un área de investigación todavía muy activa- pero conviene tenerlo en mente antes de repetir la frase del "desequilibrio químico" como si fuera un hecho cerrado.

Lo que sí podés hacer con esta información

Aunque la historia sea más complicada que un simple "subí tu serotonina y arreglá tu ánimo", eso no quiere decir que no haya nada que puedas hacer. Hay varias prácticas con respaldo razonable que influyen, de forma indirecta pero real, en la disponibilidad de serotonina y en el bienestar general.

La exposición a la luz solar es una de las más consistentes: un estudio con más de cien personas encontró que la producción cerebral de serotonina está directamente relacionada con la cantidad de luz solar del día, y que es más baja en invierno que en las estaciones con más horas de luz (Lambert et al., 2002) -algo que también ayuda a entender por qué el llamado trastorno afectivo estacional tiende a aparecer en los meses más oscuros del año.

El ejercicio físico regular, sobre todo el aeróbico, también se asocia con mayor disponibilidad de triptófano para el cerebro. La alimentación importa, aunque de forma más matizada de lo que a veces se promociona: no basta con comer alimentos ricos en triptófano de forma aislada, porque este aminoácido compite con otros para entrar al cerebro; combinarlo con carbohidratos -como en un plato de arroz con pollo, por decir un ejemplo bien costarricense- facilita ese paso. Y el sueño regular, la reducción del estrés crónico y prácticas como el mindfulness completan un panorama donde ningún hábito por sí solo hace milagros, pero la suma sí importa.

Una molécula, muchos sistemas

Si algo queda claro después de todo esto es que la serotonina es mucho más compleja -y mucho más interesante- que la etiqueta de "hormona de la felicidad" que le puso el marketing del bienestar. Es una molécula que trabaja en el intestino, en el cerebro, en el sueño, en la coagulación... y que probablemente participa en el estado de ánimo de una forma bastante más matizada de lo que nos gustaría que fuera, porque una explicación simple sería mucho más cómoda.

Eso no le resta valor a cuidar el sueño, tomar sol con cabeza, moverte y comer con cierta consciencia... simplemente conviene hacerlo entendiendo que no existe un botón único que resuelva el bienestar emocional. Y si en algún momento la tristeza o el malestar se sostienen en el tiempo, esta conversación sobre neurotransmisores nunca reemplaza el acompañamiento profesional -sí ayuda, eso sí, a llegar a esa consulta con menos mitos y más preguntas útiles.

Si querés conocer más, te recomiendo:

Lambert, G. W., Reid, C. M., Kaye, D. M., Jennings, G. L. R., & Esler, M. D. (2002). Effect of sunlight and season on serotonin turnover in the brain. The Lancet, 360(9348), 1840–1842. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(02)11737-5

Moncrieff, J., Cooper, R. E., Stockmann, T., Amendola, S., Hengartner, M. P., & Horowitz, M. A. (2022). The serotonin theory of depression: A systematic umbrella review of the evidence. Molecular Psychiatry, 28, 3243–3256. https://doi.org/10.1038/s41380-022-01661-0

Sebastián Domingo, J. J., & Sebastián Sánchez, B. (2018). La serotonina y los dos cerebros: directora de orquesta de la fisiología intestinal y del estado de ánimo. Papel en el síndrome del intestino irritable. Medicina Naturista, 12(2), 11–17.

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

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