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La terapia conductual en la clínica: cuando los principios del laboratorio llegaron al consultorio (parte 2)

La terapia conductual en la clínica: cuando los principios del laboratorio llegaron al consultorio (parte 2)

La terapia conductual en la clínica: cuando los principios del laboratorio llegaron al consultorio (parte 2)

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

En la primera parte de este artículo repasamos cómo Pavlov, Watson, Thorndike y Skinner construyeron las bases teóricas del conductismo: la idea de que la conducta se aprende, y que si se aprende, puede modificarse. Pero entre esos experimentos con animales y una persona sentada frente a un terapeuta hablando de sus miedos, había un paso que todavía faltaba dar.

Ese paso ocurrió principalmente en los años cincuenta y sesenta, y no en un solo lugar ni gracias a una sola persona. La terapia conductual como práctica clínica fue tomando forma de forma más o menos paralela en distintas partes del mundo, con nombres que vale la pena conocer.

Joseph Wolpe y el miedo que se puede desaprender

Joseph Wolpe fue un psiquiatra sudafricano que trabajó extensamente con soldados que regresaban de la guerra con lo que hoy llamaríamos trastorno de estrés postraumático, aunque en aquella época se le daban otros nombres. Lo que observó Wolpe fue que muchos de esos miedos intensos seguían la lógica del condicionamiento clásico de Pavlov: estímulos que en algún momento estuvieron asociados con situaciones de peligro real seguían generando respuestas de miedo incluso cuando el peligro ya no existía.

Su razonamiento fue sencillo pero acertado: si el miedo se aprendió por asociación, quizás podía desaprenderse también por asociación, pero en sentido contrario. Así desarrolló la desensibilización sistemática, una de las primeras técnicas formales de la terapia conductual, que consiste en exponer gradualmente a la persona a aquello que teme, pero en un estado de relajación que sea incompatible con la ansiedad.

El principio detrás de esto se llama inhibición recíproca: el organismo no puede estar relajado y ansioso al mismo tiempo. Si lográs que la persona esté relajada mientras enfrenta el estímulo temido, la respuesta de miedo empieza a debilitarse.

Aunque suene técnico, en la práctica se traduce en algo bastante concreto: alguien con miedo a las arañas no empieza viendo una araña real. Empieza imaginando una araña pequeña a mucha distancia, en un estado de calma. Y va avanzando desde ahí, muy despacio, hasta poder tolerar el contacto real sin que la ansiedad lo desborde.

Hans Eysenck y la discusión con el psicoanálisis

Hans Eysenck fue otro nombre importante en esta historia, aunque su contribución fue más bien de orden teórico y polémico. Psicólogo británico de origen alemán, Eysenck publicó en 1952 un artículo que generó bastante revuelo al cuestionar la eficacia del psicoanálisis con datos empíricos, o más bien con la ausencia de ellos.

Su argumento era que no había evidencia suficiente de que el psicoanálisis funcionara mejor que la remisión espontánea, es decir, que las personas no mejoraban más con terapia psicoanalítica de lo que mejoraban simplemente con el paso del tiempo. Ese artículo fue muy criticado metodológicamente, y con razón en varios puntos. Pero también abrió una pregunta que no iba a desaparecer: ¿cómo sabemos que una terapia funciona?

Eysenck defendía que la terapia debía basarse en principios científicos demostrables, y que la terapia conductual, con su anclaje en la investigación experimental, ofrecía una base más sólida. Esa discusión sobre evidencia empírica en psicoterapia sigue siendo relevante hasta hoy.

Bandura y el aprendizaje que nadie esperaba

Albert Bandura es un nombre que muchos conocen por su experimento del muñeco Bobo, donde niños que observaban a un adulto golpear un muñeco inflable tendían a repetir esa conducta después. Lo que Bandura demostró con ese experimento es que la conducta puede aprenderse también por observación, sin necesidad de vivirla directamente ni de recibir una consecuencia.

Eso era una ampliación importante del modelo conductual clásico, que había puesto todo el énfasis en el condicionamiento directo. Bandura propuso el concepto de aprendizaje vicario o modelado: aprendemos viendo lo que les pasa a otros.

Ello puede ocurrir por múltiples razones en la clínica. Un niño que creció viendo a un padre con miedo intenso a los perros puede desarrollar ese mismo miedo sin haber tenido nunca una experiencia negativa directa con un perro. Una persona que nunca vio en su familia modelos de manejo saludable del conflicto puede tener dificultades para manejar el conflicto en sus propias relaciones, no porque algo "malo" le haya pasado, sino simplemente porque nunca lo vio de otra manera.

Bandura también desarrolló el concepto de autoeficacia, la creencia de una persona en su propia capacidad para ejecutar una conducta o enfrentar una situación. Ese concepto resultó ser un predictor muy importante del cambio terapéutico: las personas que creen que pueden mejorar, mejoran más.

Qué se trabaja en la terapia conductual

La terapia conductual, en términos generales, trabaja con conductas observables y medibles. No ignora las emociones ni los pensamientos, pero los aborda en función de cómo se relacionan con lo que la persona hace o deja de hacer.

Algunos de los focos de trabajo más comunes incluyen las fobias y miedos específicos, donde la exposición gradual sigue siendo uno de los enfoques más eficaces que conocemos. También los hábitos que la persona identifica como problemáticos y que se mantienen porque producen algún tipo de alivio inmediato, aunque a largo plazo generen consecuencias negativas. Y las conductas de evitación, que son quizás las más frecuentes en consulta: todo aquello que la persona deja de hacer para no sentir malestar, y que paradójicamente termina manteniendo ese malestar con vida.

No está demás señalar que la terapia conductual no le pide a la persona que entienda profundamente el origen de sus dificultades antes de empezar a trabajar. El foco está en el presente: qué está pasando ahora, qué lo mantiene, y qué se puede cambiar.

El camino hacia la terapia cognitivo-conductual

A medida que avanzaron los años sesenta y setenta, quedó claro que el modelo conductual puro tenía limitaciones. Explicaba muy bien cómo se adquieren y mantienen ciertas conductas, pero dejaba poco espacio para los pensamientos y las interpretaciones, que claramente también juegan un papel en el sufrimiento humano.

Fue ahí donde el trabajo de Ellis con la TREC y el de Beck con la Terapia Cognitiva empezaron a dialogar con el modelo conductual. El resultado de ese diálogo fue la Terapia Cognitivo-Conductual, conocida como TCC, que hoy es uno de los enfoques más estudiados y con mayor respaldo empírico en psicología clínica.

El caso es que la TCC no reemplazó a la terapia conductual: la amplió. Las técnicas conductuales siguen siendo parte central del trabajo, y en muchos casos siguen siendo suficientes por sí solas, dependiendo de qué se está tratando y con quién.

Una reflexión para cerrar

La terapia conductual tiene una historia de casi un siglo, y su vigencia no es casualidad. Parte de una premisa que, aunque simple en apariencia, tiene mucho peso clínico: si entendemos cómo aprendió una persona a comportarse de determinada manera, podemos ayudarla a aprender algo distinto.

No es una visión que lo explique todo, y obviamente esto no agota el tema. Pero para muchas personas, esa idea de que la conducta tiene una lógica y que esa lógica se puede modificar, es en sí misma algo bastante liberador.

Si querés conocer más, te recomiendo:

Ruiz, M. A., Díaz, M. I., & Villalobos, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo conductuales. Desclée de Brouwer.

Wolpe, J. (1958). Psychotherapy by reciprocal inhibition. Stanford University Press.

Bandura, A. (1987). Pensamiento y acción: Fundamentos sociales. Martínez Roca.

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