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La Terapia de Aceptación y Compromiso: dejar de pelear con lo que sentís es parte de la solución

La Terapia de Aceptación y Compromiso: dejar de pelear con lo que sentís es parte de la solución

La Terapia de Aceptación y Compromiso: dejar de pelear con lo que sentís es parte de la solución

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

Hay una idea que aparece con bastante frecuencia en consulta, y que de alguna manera la cultura también refuerza: la de que el objetivo de la terapia es sentirse bien. Eliminar la ansiedad, acabar con la tristeza, dejar de tener pensamientos negativos. Como si el bienestar fuera un estado de calma permanente al que se llega cuando por fin se resuelve todo lo que molesta.

La Terapia de Aceptación y Compromiso, conocida por sus siglas en inglés como ACT, parte de una premisa bastante diferente. Y al principio puede sonar un poco extraña: el problema no siempre es lo que sentís, sino lo que hacés para evitar sentirlo.

Steven Hayes y una crisis que se volvió teoría

Steven Hayes es psicólogo estadounidense, y la historia de cómo desarrolló la ACT tiene algo personal en ella. A finales de los años setenta empezó a experimentar ataques de pánico intensos que lo llevaron a cuestionarse su forma de entender el sufrimiento, tanto desde adentro como desde la investigación.

Lo que descubrió fue que los intentos de controlar o eliminar los estados internos difíciles, los pensamientos intrusivos, la ansiedad, el miedo, muchas veces los amplificaban en lugar de reducirlos. Cuanto más se esforzaba una persona por no sentir algo, más presente se volvía ese algo.

De ahí surgió la ACT, que Hayes presentó formalmente en 1999 junto con sus colaboradores Kirk Strosahl y Kelly Wilson. El modelo se inscribe dentro de lo que se conoce como la tercera ola de las terapias cognitivo-conductuales: no abandona el enfoque conductual ni cognitivo, sino que los amplía incorporando la aceptación, la atención plena y los valores personales como ejes del trabajo.

El problema con el control

Uno de los conceptos centrales de la ACT es lo que Hayes llamó evitación experiencial, que es básicamente el intento de evitar, suprimir o escapar de experiencias internas desagradables: pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones físicas.

El caso es que esa estrategia, aunque parece lógica, funciona muy mal a largo plazo. Y en muchos casos, el esfuerzo por controlar lo que sentimos termina costándonos más que el malestar original.

Un ejemplo cotidiano: imaginá que tenés un pensamiento recurrente sobre algo que salió mal, y cada vez que aparece intentás suprimirlo, distraerte, o convencerte de que no debería importarte. Lo que suele pasar es que el pensamiento vuelve con más fuerza, y además aparece cierta fatiga de tanto pelear con él. La evitación mantiene vivo el problema precisamente porque le da demasiada importancia.

La ACT no propone resignarse ni quedarse paralizado frente al malestar. Propone algo más matizado: aprender a tener esas experiencias difíciles sin que sean ellas las que determinen lo que hacés con tu vida.

Los seis procesos que trabaja la ACT

El modelo se organiza en torno a seis procesos que, en conjunto, apuntan a lo que Hayes llama flexibilidad psicológica: la capacidad de estar en contacto con el momento presente, abierto a las experiencias internas, y de actuar en dirección a lo que realmente importa. Vale la pena describir cada uno, no como lista técnica sino para tener una idea del terreno que cubre esta terapia.

La aceptación no significa gustarle lo que duele, sino estar dispuesto a tenerlo sin luchar innecesariamente contra ello. Muy relacionada con esta está la defusión cognitiva, que es aprender a relacionarse con los pensamientos como eventos mentales y no como verdades absolutas. Si el pensamiento dice "soy un fracaso", la defusión ayuda a notar que eso es un pensamiento... no un hecho.

El contacto con el momento presente tiene mucho que ver con lo que hoy conocemos como mindfulness: prestar atención a lo que está ocurriendo ahora, sin juzgarlo y sin perderse en el pasado o el futuro. El yo observador es la capacidad de verse desde cierta distancia, como si hubiera una parte de vos que observa tus pensamientos y emociones sin confundirse con ellos.

Luego están los valores, que en la ACT no se entienden en sentido abstracto o moral, sino como aquello que realmente le importa a la persona: qué tipo de relaciones quiere construir, cómo quiere vivir, qué dirección quiere darle a su vida. Y finalmente la acción comprometida: moverse hacia esos valores, incluso cuando hay malestar presente.

Ello puede ocurrir por múltiples razones que una persona pierda contacto con sus propios valores: el miedo, la evitación, la vida cotidiana que se llena de urgencias y deja lo importante para después. La ACT trabaja para reducir esa distancia.

Lo que la diferencia de otros enfoques

Quien ya conoce la Terapia Cognitiva de Beck o la TREC de Ellis puede preguntarse en qué se diferencia la ACT. La distinción más clara está en cómo se relaciona con los pensamientos.

La Terapia Cognitiva trabaja para identificar pensamientos distorsionados y reemplazarlos por otros más ajustados a la realidad. La ACT, en cambio, no busca cambiar el contenido del pensamiento sino la relación que tenés con él. No importa tanto si el pensamiento es verdadero o falso, racional o irracional. Lo que importa es si ese pensamiento está gobernando tu conducta de una forma que te aleja de lo que querés vivir.

No está demás señalar que esto no significa que un enfoque sea mejor que el otro. Son perspectivas distintas, y hay personas para las que una funciona mejor que la otra. En algunos casos incluso se complementan bien.

Para qué sirve concretamente

La ACT tiene evidencia de utilidad en una variedad amplia de consultas: depresión, ansiedad, dolor crónico, trastornos de conducta alimentaria, estrés laboral, duelo, problemas en relaciones de pareja, entre otros. Obviamente esto no agota el tema, y como todo enfoque, tiene sus límites y sus contextos donde rinde más.

Lo que sí es particular de la ACT es que no promete eliminar el sufrimiento. Eso puede sonar desalentador al principio, pero muchas personas encuentran en esa honestidad algo que les quita un peso de encima. Porque el objetivo no es una vida sin dolor, que no existe, sino una vida con sentido aunque el dolor esté presente.

Hay algo en esa idea que resuena con gente que llega a consulta después de años intentando "solucionar" lo que siente, y descubriendo que ese esfuerzo mismo los tiene agotados.

Una nota antes de cerrar

La palabra "aceptación" en español puede generar cierta confusión, porque suena a resignarse o a no hacer nada. En la ACT significa algo más específico: estar dispuesto a tener la experiencia difícil sin que esa experiencia dicte cada decisión. Y el "compromiso" del nombre apunta justo al otro lado: a seguir moviéndose hacia lo que importa, con o sin malestar de por medio.

Esos dos movimientos juntos son lo que hace que esta terapia tenga una lógica propia, bastante distinta a lo que la mayoría espera cuando piensa en "ir a terapia".

Si querés conocer más, te recomiendo:

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2014). Terapia de aceptación y compromiso: Proceso y práctica del cambio consciente (2.ª ed.). Desclée de Brouwer.

Wilson, K. G., & Luciano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Pirámide.

Hayes, S. C., Luoma, J. B., Bond, F. W., Masuda, A., & Lillis, J. (2006). Acceptance and commitment therapy: Model, processes and outcomes. Behaviour Research and Therapy, 44(1), 1–25. https://doi.org/10.1016/j.brat.2005.06.006

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Psicólogo, sexólogo.

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