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La Terapia Dialéctico Conductual: cuando aceptarse y cambiar no son cosas opuestas

La Terapia Dialéctico Conductual: cuando aceptarse y cambiar no son cosas opuestas

La Terapia Dialéctico Conductual: cuando aceptarse y cambiar no son cosas opuestas

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Galo Guerra-Vargas

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

Algunas terapias nacen del laboratorio. Otras nacen de estar frente a personas que sufren de forma muy intensa, y de darse cuenta de que lo disponible no está siendo suficiente. La Terapia Dialéctico Conductual, conocida por sus siglas en inglés como DBT, nació de ese segundo lugar. Y eso, de alguna manera, se nota en cómo está construida.

Marsha Linehan y el punto de partida

Marsha Linehan es psicóloga estadounidense, y en los años setenta estaba trabajando con personas que tenían conductas suicidas crónicas y lo que hoy conocemos como Trastorno Límite de la Personalidad, también llamado TLP. Lo que encontró fue una situación bastante complicada: cuando intentaba ayudar a estas personas a cambiar su conducta, muchas sentían que no estaban siendo comprendidas, que se les estaba diciendo que lo que sentían estaba mal. Pero cuando intentaba solo validar su experiencia sin más, no había movimiento hacia el cambio.

Ahí estaba el nudo.

Linehan entendió que necesitaba un modelo que pudiera sostener las dos cosas al mismo tiempo: la aceptación plena de la persona tal como es, y el trabajo activo hacia el cambio. Y que esas dos cosas no eran contradictorias sino complementarias. De esa tensión nació la DBT, que presentó formalmente en 1993 con la publicación de su manual de tratamiento.

No está demás señalar que Linehan reveló públicamente, muchos años después, que ella misma había vivido en su juventud un sufrimiento muy intenso, con hospitalizaciones y conductas autolesivas. Eso no es un dato menor, porque habla de alguien que construyó un modelo terapéutico también desde adentro, desde una comprensión muy concreta de lo que significa vivir con una desregulación emocional severa.

La dialéctica: qué significa ese nombre

El término "dialéctico" puede sonar abstracto, incluso un poco filosófico. Y en cierta medida lo es, pero la idea detrás es bastante accesible.

En filosofía, la dialéctica se refiere a la tensión entre dos opuestos que, al integrarse, generan algo nuevo. En la DBT, esa tensión central es la que existe entre la aceptación y el cambio. La persona necesita sentirse aceptada tal como es para poder cambiar. Y al mismo tiempo, quedarse solo en la aceptación sin trabajar el cambio no resuelve el sufrimiento.

El caso es que muchas personas que llegan con dificultades severas de regulación emocional han vivido en entornos que invalidaban constantemente lo que sentían. Se les decía que exageraban, que eran demasiado sensibles, que sus reacciones no tenían sentido. Esa historia de invalidación hace que cualquier invitación al cambio se pueda sentir como otra forma de decirles que están mal.

La DBT trabaja desde el principio con esa tensión, reconociéndola en lugar de ignorarla.

Para quién fue pensada y cómo se amplió

Linehan desarrolló la DBT originalmente para personas con Trastorno Límite de la Personalidad, que se caracteriza por una inestabilidad intensa en las emociones, en las relaciones, en la autoimagen y en la conducta. Ello puede ocurrir por múltiples razones, y la teoría de Linehan propone que la base está en una combinación de sensibilidad emocional biológicamente elevada y un ambiente que no supo responder a esa sensibilidad de forma adecuada.

Con el tiempo, la DBT se fue aplicando a una variedad más amplia de consultas: trastornos de conducta alimentaria, depresión crónica, trastorno por estrés postraumático, problemas de adicciones, y adolescentes con conductas autolesivas, entre otros. Obviamente esto no agota el tema, y no toda variante del modelo tiene el mismo nivel de evidencia que el tratamiento original.

Cómo se estructura el tratamiento

Una de las cosas que distingue a la DBT de otras terapias es su formato. No es simplemente sesiones individuales semanales. El tratamiento completo, tal como Linehan lo diseñó, tiene varios componentes que trabajan en conjunto.

La terapia individual es el espacio donde se revisa lo que ocurrió en la semana, se analizan las conductas problemáticas y se trabaja en la motivación para el cambio. Paralelo a eso, existe un grupo de entrenamiento en habilidades donde se enseñan de forma sistemática las herramientas concretas del modelo. También hay disponibilidad de contacto telefónico en momentos de crisis, algo bastante inusual en la mayoría de los enfoques terapéuticos. Y hay un espacio de supervisión para los terapeutas, porque trabajar con este nivel de intensidad emocional también requiere apoyo del propio equipo.

Aunque suene extraño, el componente grupal no es secundario ni opcional. Es parte central del modelo, porque muchas de las habilidades que se trabajan tienen que ver con relaciones interpersonales, y practicarlas en un grupo tiene una lógica que la sesión individual sola no puede replicar.

Las cuatro áreas de habilidades

El corazón práctico de la DBT son cuatro módulos que la persona aprende y practica de forma progresiva. Vale la pena describirlos brevemente para tener una idea de lo que se trabaja en concreto.

La atención plena o mindfulness funciona como la base de todo lo demás: la capacidad de observar lo que está ocurriendo, por dentro y por fuera, sin reaccionar de forma impulsiva ni quedar atrapado en el juicio. La tolerancia al malestar trabaja con situaciones de crisis: cómo atravesar un momento muy difícil sin hacer algo que empeore las cosas a largo plazo. No se trata de resolver la crisis en ese instante, sino de sobrevivirla sin generar más daño.

La regulación emocional es quizás el módulo más extenso. Se trabaja en comprender las emociones, reducir la vulnerabilidad ante ellas, y modificar estados afectivos que se vuelven problemáticos por su intensidad o duración. Y la efectividad interpersonal se ocupa de algo que muchas personas con TLP describen como especialmente difícil: cómo comunicarse, cómo pedir lo que se necesita, cómo poner límites, cómo mantener relaciones importantes sin perder el sentido de uno mismo en el proceso.

Estos cuatro módulos no funcionan de forma aislada. En la práctica clínica se cruzan constantemente, y el terapeuta los trabaja de forma integrada según lo que cada persona necesita en cada momento.

Lo que la hace distinta

Comparada con otras terapias cognitivo-conductuales, la DBT tiene algunas características propias que vale la pena mencionar. Es más intensiva en formato y en tiempo. Pone un énfasis muy explícito en la relación terapéutica como herramienta de cambio. Y tiene una postura muy clara sobre la validación: antes de invitar al cambio, el terapeuta valida. Eso no es una cortesía ni una técnica de rapport... es parte estructural del modelo.

También es de las pocas terapias con protocolos específicos para el manejo de conductas suicidas y autolesivas, lo que la convierte en una opción especialmente relevante cuando esas conductas están presentes en la consulta.

Una nota antes de cerrar

La DBT parte de una premisa que en la práctica requiere bastante trabajo sostener: que una persona puede estar bien tal como es, y al mismo tiempo necesitar cambiar algunas cosas. Que aceptación y cambio no se cancelan mutuamente, sino que se necesitan.

Para personas que han crecido sintiendo que sus emociones eran exageradas o incomprensibles para quienes las rodeaban, esa premisa sola ya puede ser algo muy distinto a lo que han experimentado antes en sus vidas... y a veces también en otras terapias.

Si querés conocer más, te recomiendo:

Díaz, M. I., Ruiz, M. A., & Villalobos, A. (2017). Manual de técnicas y terapias cognitivo conductuales. Desclée de Brouwer.

Linehan, M. M. (2020). Building a life worth living: A memoir. Random House.

Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press.

Conoce más del autor/a :

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Galo Guerra-Vargas

Psicólogo, sexólogo.

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