
Algún tiempo atrás, la psicoterapia transformó profundamente mi manera de entender la psicología y mi vocación profesional.
A veces, entre colegas, hablamos de teorías, técnicas y modelos de intervención, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos: ¿por qué decidimos convertirnos en terapeutas?
Recuerdo especialmente el caso de un pequeño que llegó a consulta con problemas de encopresis asociados a una experiencia traumática. En aquel momento comprendí que los conocimientos adquiridos durante mi formación, aunque valiosos, no eran suficientes por sí solos. Tampoco bastaba con seguir un protocolo o repetir un guion aprendido.
Ese niño necesitaba algo más.
Necesitaba que integrara los conocimientos psicológicos, las herramientas psicoterapéuticas y, sobre todo, el vínculo humano que se construye en terapia. Necesitaba una intervención adaptada a su historia, a sus emociones y a su realidad particular.
Movido por la necesidad de comprender mejor cómo ayudarle, comencé a buscar nuevas respuestas. Fue entonces cuando encontré Terapia cognitiva con niños y adolescentes: Aportes técnicos, de Bunge, Gomar y Mandil. Su lectura abrió mi mente y me permitió comprender que las técnicas no son moldes rígidos que se aplican de manera idéntica a todas las personas, sino herramientas que deben adaptarse a la singularidad de cada paciente.
Aquel aprendizaje cambió mi perspectiva. Comprendí que la psicoterapia no es únicamente una profesión ni un conjunto de técnicas: es un arte que se construye en cada encuentro terapéutico. La psicología aporta los colores, la ciencia aporta los trazos, pero el vínculo terapéutico es lo que da vida a la obra.
Desde aquel día entendí que el verdadero lienzo de nuestro trabajo es la vida que cada persona continúa escribiendo después de la terapia.
Hoy sé que aquel niño creció, superó sus dificultades y continúa su camino. Y aunque muchas veces no volvemos a saber de quienes acompañamos, hay historias que permanecen con nosotros porque nos recuerdan el propósito de nuestra labor.
La vida también tiene formas curiosas de cerrar círculos. Años después de aquella lectura que marcó mi desarrollo profesional, tuve el privilegio de compartir espacios académicos y de trabajo en Accodec con uno de los autores de ese libro que tanto influyó en mi manera de entender la psicoterapia.
A los maestros, supervisores, pacientes y libros que han dejado huella en mi camino: gracias por recordarme que nunca dejamos de aprender.
Sigamos investigando, estudiando y creciendo profesionalmente, pero también sigamos aprendiendo de las personas que confían en nosotros y de cada detalle que la vida nos presenta.
Si quieres conocer más, te recomiendo:
Bunge, E., Gomar, M., & Mandil, J. (2008). Terapia cognitiva con niños y adolescentes: Aportes técnicos. Akadia.
Yalom, I. D. (2002). The gift of therapy: An open letter to a new generation of therapists and their patients. HarperCollins.







